Riesgos: Volcanes

Ciencia para ‘domar’ volcanes

El 10 y el 11 de abril de 1815 fueron dos días de hecatombe. La cumbre del Monte Tambora, un pico de 4.300 metros de altura de la isla indonesia de Sumbawa, estalló en una violenta erupción. El magma arrasó las poblaciones cercanas, acabando con 60.000 vidas (según una estimación conservadora). Los efectos colaterales se sintieron en todo el planeta. El año siguiente a la catástrofe, 1816, se recordaría como “el año sin verano”porque la nube de gases emitida por el volcán durante los siguientes meses enteló la atmósfera, provocando un enfriamiento global y arruinando cosechas. Muy lejos del volcán, en Europa, las consecuencias de ese minicambio climático fueron hambruna, violencia y pillaje para hacerse con los silos de los granjeros. Un enorme cráter de 6,5 kilómetros de diámetro y un kilómetro de profundidad atestigua la catástrofe hoy, cuando se cumplen 200 años de la erupción del Tambora, considerada como la más potente jamás registrada.

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“Posiblemente hoy habríamos evitado esas muertes”, comenta a OpenMind Stephen Self, vulcanólogo de la Universidad de Berkeley que abrió el simposio en torno al segundo centenario del Tambora celebrado en Berna (Suiza). “El volcán estaría monitorizado y eso nos daría semanas o meses para evacuar a la población”. Dos siglos después, la ciencia y tecnología para predecir cuándo ocurrirá una catástrofe volcánica ha evolucionado radicalmente. El informe elaborado por Global Volcano Model, asociación internacional de los observatorios que vigilan el estado de los volcanes, indica que estos avances han permitido salvar al menos 50.000 vidas.

La clave de esta mejora la dan tanto el estudio de la ciencia base como la innovación tecnológica. En el plano teórico, la modelización de los complejos procesos físicos que suceden en un volcán ha permitido elaborar modelos de predicción estadística en continua evolución. Y en el plano tecnológico, la suma de numerosos medios de telemetría han refinado la predicción, que los expertos comparan con el diagnóstico médico de una enfermedad: “Como en el caso de la salud, no basta con un solo síntoma”, explica Self. “Hace falta recopilar y correlacionar datos de la variación de deformación del suelo, de la actividad sísmica y de las emisiones químicas”.

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Los satélites han reinventado cómo se obtienen estos datos. Uno de los síntomas principales de que un volcán puede estar en riesgo de erupción es la deformación del terrenoprovocada por un aumento de la actividad volcánica. El sistema InSAR ha permitido enormes avances al funcionar en paralelo con el clásico GPS. Un satélite realiza dos fotos consecutivas separadas por unos pocos días de la misma zona. Luego, medianteinterferometría, se superponen ambas para crear una tercera imagen que muestra las desviaciones del terreno al milímetro: “Esto lo tenemos que complementar con los GPS, porque un lapso de varios días no es operativo para una vigilancia constante de un volcán”, explica Carmen López Moreno, directora del Observatorio Geofísico Central del Instituto Geográfico Nacional de España. “Con una red de GPS se puede medir el desplazamiento del terreno en uno o varios puntos concretos. Las dos técnicas son complementarias, porque el InSAR nos da datos de grandes áreas que se pueden correlacionar con esos puntos”.

Esta deformación del terreno tiene que sumarse a otros síntomas para dar la voz de alarma. Uno de ellos es la actividad sísmica, y para detectarla se tienen que emplear una red de sismógrafos de especial precisión para advertir los enjambres, pequeños terremotos (indetectables para los aparatos de medida tradicionales) que se deben al movimiento interno de los fluidos en el volcán. Otro factor clave es la emisión de gases, principalmente SO2 y CO2, en cantidades anormales. Los satélites juegan otra vez un papel clave. El MODISy el OCO-2 de la NASA se encargan de detectar anomalías en este parámetro que puedan indicar posibles erupciones. Y en el futuro se espera aprovechar la radiación cósmica, y en concreto la partícula elemental muón, para obtener imágenes de una resolución inédita del interior del volcán que permitan apreciar cambios en su densidad.

A pesar de todo este auge en la investigación y la tecnología, la efectividad en las predicciones tiene mucho margen de mejora. La fase de volcanic unrest (agitación volcánica), que precede a la mayoría de las erupciones, solo culmina en una erupción una de cada dos veces (el 47%) y se extiende durante periodos medios de 500 días, elevándose los síntomas abruptamente horas antes de la erupción. Más grave es que, según el estudio de Global Volcano Model, solo el 35% de los observatorios permanentes tienen una capacidad técnica y científica adecuada para monitorizar los volcanes. El informe predice también que el riesgo de que ocurra a lo largo del siglo XXI una erupción de la violencia de Tambora es del 33%.

Para el vulcanólogo Stephen Self, el remedio es claro: “Dinero. El dinero sigue siendo la limitación para que haya países con alto riesgo volcánico que no financien un observatorio. Y esto limita también a la investigación, porque necesitamos observar más erupciones para saber qué factor es el determinante para determinar nuestras predicciones”. El estudio detallado de las próximas erupciones servirá para mejorar la tecnología de predicción y los modelos estadísticos que teorizan la actividad volcánica. Será un paso más en el camino científico para domar volcanes. Las erupciones seguirán siendo un fenómeno natural salvaje e inevitable, pero conocer y predecir el comportamiento de los volcanes permitirá estar preparados para el siguiente Tambora y seguir salvando vidas.

Ángel Luis Sucasas para Ventana a Conocimiento

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