
Tenía que llegar. Ni sus portentosas aptitudes para sorprendernos siempre han sido capaces de engañar a la siniestra señora de la guadaña. Ha muerto, según Ana, su hija, con una sonrisa en los labios. Con la misma sonrisa con la que desde hace muchísimos años nos ha embobado, aunque personalmente confieso que a mi, más que sonrisas, me provocaba carcajadas. Sus trucos, su arrolladora personalidad, su vertiginosa habilidad para confundirnos, su talento de excepcional fabulador, y, sobre todo, su sentido del espectáculo, que hacía de él más un showman que un mago, más un payaso que un extraordinario prestidigitador.
Debo decir que tengo una gran pena en el alma, y no solo por su muerte, como absolutamente todos sus seguidores en este mundo fantástico a donde él nos conducía. Mi gran tristeza es que Juan, que logró llevar la magia al gran público durante sus largos 60 años de exitosa carrera, que llenó las bibliotecas de los estudiosos y profesionales con eruditos tratados sobre su especial disciplina, que creó escuela entre los numerosísimos aficionados a los trucos de cartas (en los que era unánimemente considerado el mejor del mundo), llegó tarde al mundo de la tecnología. Todos esos grandes eventos, estilo David Copperfield o El mago Pop, genios que, apoyados en la óptica, son capaces de llenar estadios o de agotar entradas largas temporadas en Las Vegas o en Broadway, en manos de Tamariz, se hubieran convertido en un delirante espectáculo.
Pero no importa. Con sus naipes fue un innovador y un investigador incansable. Su desbordante inventiva creaba disparatadas situaciones e incomprensibles circunstancias que nos descolocaban y nos dejaban siempre boquiabiertos (a mí, riendo a carcajadas). Y siempre, siempre, con ese violín imaginario dando el toque final, el ¡ahí queda éso!
En sus últimos espectáculos, que pude ver en directo, desafiaba, como decía el gran René Lavand (ver entrada dedicada), a la implacable lente de la cámara, a descubrir sus trucos. Para haceros una idea: la imagen, en primer plano, de sus manos y las cartas, era llevada a una pantalla gigante. Era absolutamente impresionante. Un Houdini minimalista, pero sin ningún drama, infinitamente más divertido.
Ha dejado hondo pesar en toda su profesión. Desde el citado mago americano, que le consideraba el más grande, hasta su alumno aventajado Jorge Blass, pasando por Salvador Vicent (El mago Yunke), Luis Piedrahita, Pepe Carroll y, por supuesto, Antonio Díaz (El mago Pop). Todos le reverenciaban y han manifestado su respeto y admiración por la inmensa labor del desastrado tipo de la chistera.
Feo hasta decir basta, desafiaba la estética con su aspecto desgarbado y se reía de sí mismo con una tremenda naturalidad. Nunca quiso someterse a una ortodoncia (¡su dentadura clamaba al cielo!), ni trasplantarse pelo (El sombrero fue su símbolo más preciado). Sin embargo, su desparpajo y su humor (posiblemente), le hicieron triunfar (o fracasar repetidamente, según se mire) con las mujeres. Cuatro bodas, la última en 2008 (con la maga colombiana Consuelo Borgia) y cuatro hijos, dan testimonio de su vida personal. Su segunda hija, Ana, recoge su legado, dirigiendo la gran Escuela de Magia, que ambos crearon, en el madrileño barrio de Argüelles.
Solo me queda poneros algunos de sus trucos. Voy a permitirme repetir uno que ya puse al reseñar el fallecimiento de su amigo, el legendario argentino mago de un solo brazo, en el que, inevitablemente, roba cámara nuestro amigo. Son largos, pero la diversión está garantizada, y a él le gustaría dejarnos con su sonrisa. Descanse en paz, Juan Tamariz.
